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Todas las noches, en mi cama, busqué al amor de mi vida;
lo busqué, pero no lo encontré.
Me dije: “Me levantaré ahora y recorreré la ciudad;
por las calles y las plazas buscaré al que mi alma ama”.
Lo busqué, pero no lo encontré.
Me encontraron los centinelas que vigilan la ciudad, y les pregunté:
“¿Han visto ustedes al que ama mi alma?”
En cuanto me alejé de ellos,
encontré al amor de mi vida.
Lo abracé y no lo solté
hasta que lo llevé a la casa de mi madre,
a la habitación de la que me dio la vida.
 
Yo les ruego, jóvenes de Jerusalén,
por las gacelas y los venados del campo,
que no desvelen ni despierten al amor
hasta que sea el momento oportuno.
 
¿Quién es esa que sube del desierto como una columna de humo,
perfumada con mirra e incienso
y con todas las esencias de los mercaderes?
¡Miren!, es la carroza de Salomón,
escoltada por sesenta guerreros,
de los más valientes de Israel.
Todos ellos saben manejar la espada y son expertos en la guerra;
cada uno lleva la espada a la cintura,
listos para enfrentar los peligros de la noche.
 
El rey Salomón se mandó hacer una carroza
con maderas finas del Líbano.
10 Hizo sus columnas de plata,
su respaldo de oro y su asiento de púrpura;
su interior fue decorado con amor
por las jóvenes de Jerusalén.
11 Salgan, mujeres de Sión, y vean al rey Salomón;
lleva la corona que su madre le puso el día de su boda,
el día más feliz de su vida.