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Otro día, los ángeles volvieron a presentarse ante Yahvé, y Satanás también fue con ellos para presentarse ante él. Yahvé le preguntó a Satanás: “¿De dónde vienes?”
Satanás le respondió: “Vengo de rondar la tierra y de recorrerla de un extremo a otro”.
Entonces Yahvé le dijo: “¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra. Es un hombre íntegro y recto, que me respeta y evita el mal. Todavía mantiene su integridad, a pesar de queme provocaste para que lo destruyera sin ningún motivo”.
Satanás respondió: “¡Piel por piel! El hombre está dispuesto a dar todo lo que tiene a cambio de su vida. Pero trata de herirlo en su propio cuerpo, y verás cómo te maldice en tu propia cara”.
Yahvé le contestó a Satanás: “Está bien, Job está en tus manos; pero respétale la vida”.
Satanás salió de la presencia de Yahvé y le salieron llagas terribles a Job, desde la planta del pie hasta la cabeza. Job agarró un pedazo de barro para rascarse, y se sentó entre las cenizas. Su mujer le dijo: “¿Todavía insistes en serle fiel a Dios? ¡Renuncia a Dios y muérete de una vez!”
10 Pero Job le respondió: “Estás hablando como una mujer tonta. Si aceptamos las cosas buenas que Dios nos da, ¿por qué no vamos a aceptar también las malas?”
A pesar de todo, Job no pecó al decir estas cosas. 11 Tres amigos de Job se enteraron de toda la desgracia que le había pasado y fueron a verlo desde sus propios países. Eran Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Zofar de Naamat. Los tres se pusieron de acuerdo para ir juntos a acompañarlo en su dolor y consolarlo. 12 Cuando lo vieron desde lejos, casi no lo reconocieron. Empezaron a llorar a gritos, se rasgaron la ropa y lanzaron polvo al aire sobre sus cabezas en señal de duelo. 13 Luego se sentaron en el suelo con él durante siete días y siete noches. Nadie le decía nada, porque veían que su sufrimiento era demasiado grande.